Mostrando entradas con la etiqueta De la vida y otros relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta De la vida y otros relatos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de febrero de 2015

¿Por qué bailamos?

Para mi hermana.
Mi hermosa bailarina a través del cristal
y mi maravillosa inspiración.

Si alguien me hubiera dicho, cuando era niña, que algún día yo subiría a un escenario ataviada con traje de luces, maquillada y peinada, dispuesta a expresar, bailando, lo que mis palabras no alcanzaran a decir… y que además sería inmensamente feliz allí… ¡Me habría reído durante horas!

No sólo porque se tratase de una situación imposible para mis circunstancias de aquel entonces, sino porque nunca, en mis sueños más locos, me imaginé a mi misma como una bailarina… de ningún género. De hecho, la que contaba con la contextura física y toda la disposición (y el profundo anhelo de serlo) era mi hermana. Fue ella la que tomó clases de ballet desde niña, la que se probó zapatillas y tutús de mil colores a lo largo de su formación como profesional, y la que salía con la sonrisa más radiante que hubiese visto jamás, aun después de haber pasado horas, ¡meses! ensayando una pieza cuya melodía, a esas alturas, hacía sangrar mis oídos.

En ese entonces, la diversión para mí consistía en ser la acompañante silenciosa, en observar las clases a través del vidrio y no perder de vista al pianista (pues lo mío era la música, la teoría, el solfeo y los libros) dispuesta a determinar, en mi juvenil cabecita, lo que significaba el ritmo, tanto para el que toca como para el que baila, tratando de dilucidar la preocupación máxima que me agobiaba como estudiante de música: cómo es que pueden ambos entenderse sin hablar.

Era increíble ver cómo la docente y el maestro pianista lo lograban sin mediar ni una sola palabra. Ella imponía disciplina, claro está, pero de vez en cuando parecía dejarse llevar en una elongación de brazos, en un tendu o en un ronde jambe que resultaba, para quien no tenía más nada que hacer que mirar por el cristal, un poco más sublime que los demás. Lejos estaba yo de saber que esos momentos de contemplación rendirían sus frutos años más tarde.

Mucho tiempo después, inmersa hasta los tuétanos en esta pasión que es la danza, no puedo menos que preguntarme cómo fue que llegue un día (un jueves, para más señas) azorada por la carrera, hasta el portal de la academia que prometía iniciarme en un fascinante mundo al que, hasta ese momento, nunca imaginé pertenecer.

De allí, supongo, surgen también estas dudas que me impelen a escribir sobre algo en lo que no me había detenido siquiera a considerar: ¿Qué hace bailar a una persona? Quiero decir, ¿qué sentimiento la o lo  lleva a decantarse por la danza como medio de expresión? Y, algo en lo que últimamente he reflexionado en gran medida: ¿Nos sentimos efectivamente atraídos por un género en particular o cabe la posibilidad de que sea la danza en sí misma la que nos induce a adentrarnos en ella sin remedio?

Estas reflexiones surgen a razón de una competencia televisiva a la que me he vuelto recientemente aficionada, en la cual un conjunto de bailarines es continuamente retado a demostrar sus habilidades en distintos géneros dancísticos hasta ser dignos de llevar el título de “bailarín/a favorito/a de (Norte)América”. Lo interesante de la competencia, desde mi perspectiva (seamos honestos, el formato de eliminación por semanas, con salvados y condenados, está bastante desgastado ya), es que si bien todos los participantes poseen distintas habilidades y se introducen a sí mismos como representantes de una determinada categoría (baile de salón, animador, ballet, danza árabe, tap, urbano, contemporánea, hip hop lírico, fusión, etc.), todos ellos, sin excepción, deben demostrar que, más allá de un género, están allí para bailar. 

Es así como, la bailarina formada en ballet clásico, lo mismo presenta una danza contemporánea esta semana que un hip hop lírico la siguiente, y un burlesque la semana posterior a esa. Sus habilidades, su técnica, su interpretación, la precisión en la coreografía, entre otros, son algunos de los aspectos que son evaluados por un panel de expertos locales, y uno que otro personaje reconocido, relacionado con el medio. Son ellos quienes darán su veredicto experto sobre la interpretación del/la bailarín/a y dejarán en manos del voluble público la decisión acerca de si su esfuerzo fue suficiente para permanecer otra semana en el show o si, por el contrario, debe abandonar la competencia.

El programa cuenta, además, con coreógrafos premiados con siete de los nueve Emmys a los que ha sido nominado por esta categoría, quienes han hecho gala de  algunas de las propuestas más interesantes que se han visto en la televisión norteamericana durante la última década. Así, con los ingredientes debidamente conjugados, el plato está servido para que, si la coreografía y la interpretación logran calar en la audiencia, un/a bailarín/a pueda probarse a sí mismo/a que está llevando su pasión por el camino correcto.

Luego de ver este programa, y con el debido vistazo a las performances presentadas durante las temporadas anteriores (reconozco que recién comencé a seguirlo durante la novena temporada) resulta muy claro para mí que aquello que sospechaba es, efectivamente, una gran verdad: sin importar el género en el que te enfoques, como bailarín/a, lo primordial y más importante cosa que deseas hacer es bailar. Es probable que quieras enriquecer tu conocimiento adicionando técnicas y expresiones de otros géneros, e incluso de otras disciplinas; como puede también darse el caso de que lo que te inspire a moverte, sea simplemente el amor por la danza, así, sin géneros ni categorías.

Un amor que lleva a imaginar las interpretaciones más inverosímiles, siguiendo los más diversos ritmos, vistiendo los más audaces vestuarios, empleando la más increíble utilería. Que te lleva a volar por los más espectaculares escenarios de la mano de tus nuevos héroes: las y los intérpretes que se atreven a correr riesgos, a innovar, a reinventarse a sí mismos todos los días, sólo por el simple placer de llevar la danza al siguiente nivel.

De allí que me asombre, en cierto modo, verme a mí misma, después de tantos años, haciendo tendus y chassés al ritmo de sonoros derbakes o sublimes címbalos. Explica también por qué no puedo dejar de cuestionarme acerca de lo que puedo hacer, qué nueva técnica puedo aprender, con qué ritmo distinto y desafiante seré capaz de poner a prueba ésta que es la quintaesencia de mi expresión: mi danza.

Y es por ello que, en medio de una clase, mientras moldeo mi técnica al fuego de la práctica y la constancia, no puedo menos que evocar aquellos momentos en que, sentada en las afueras de un salón, observaba por el cristal a una bailarina que parecía encontrarse en algún lugar, más allá de aquella aula de clases, siguiendo el compás que un avezado maestro pianista tocaba. Entiendo ahora que ese compás era, finalmente, sólo para ella… y esa era, como lo es para mí hoy, la razón de su sonrisa.

Para su deleite, dejo los vínculos de tres de mis interpretaciones favoritas. Los temas son “Puttin on the Ritz” (en el que bailaron hasta los jueces del show), “Too darn hot” y “Mercy” (esta chica es bailarina de ballet, y la propuesta corresponde a la reinterpretación de una de las coreografías nominada a un Emmy). Pertenecen a temporadas distintas pero bien merece la pena echarles un vistazo.


Sólo por pura diversión no les diré cuál me hace delirar. Baste decir que daría lo que tengo -y lo que no- para interpretarlo, si la vida y mi formación profesional me lo permiten algún día. ¿Se atreven a adivinar cuál es?





viernes, 16 de agosto de 2013

La H es muda... no invisible



Si te digo que se escribe “con” en lugar de “de”, por poner un ejemplo, puedes tener la seguridad de que lo hago con base en mis estudios académicos, seguidos, aprobados y avalados por una universidad reconocida, que me confirió, conforme a sus normas y lineamientos, una licencia que me acredita en los referidos estudios. Si eso no te basta, quizás sea oportuno mencionar que en determinado momento decidí actualizar dichos conocimientos con el estudio, seguimiento y aprobación respectiva de una maestría, avalada también por una universidad que me confirió el grado respectivo, en correspondencia con el cabal cumplimiento de los requisitos por ella exigidos.

Si aún así eso no es suficiente para ti, a la fecha cuento con la experiencia que me proporciona casi una década de ejercicio de mi profesión, siempre en el contexto de la ética, la responsabilidad y el profesionalismo… Si aún así, a pesar de lo anterior, decides escribir “de” en lugar de “con”, para seguir nuestro ejemplo anterior, entonces deberás asumir la responsabilidad por lo que escribes y por las decisiones que tomas respecto a ello. Ten la seguridad, de igual forma, que en lo que a mí respecta, yo estaré satisfecha con mi trabajo y mi conciencia… Pero eso no te excusa, ni evitará que considere lo anterior como una falta de respeto hacia mí como profesional.

Del mismo modo en que no darías indicaciones al médico que te opera, o al abogado que te asiste legalmente, porque respetas su conocimiento del área (aspecto en el cual, seguramente, no tendrás ninguna competencia); en esa misma medida exijo respeto para mi área y mis conocimientos. Entiendo que el lenguaje, como sistema que es, se encuentra en constante evolución y es susceptible, en consecuencia, de sufrir modificaciones. Y es en ese contexto que estoy dispuesta, y en el que valoro profundamente, la crítica (así como la argumentación) en pro de la construcción, colectiva y, sobretodo, positiva de nuestro idioma.

Lo que no estoy dispuesta a tolerar es que, sobre la base de modas, estado anímico o absoluto desconocimiento, pretendas desechar mi experiencia en el área, así como los conocimientos que he apre(he)ndido de otros, con más sabiduría y la suficiente altura, moral y ética, como para pronunciarse con argumentos lógicos y valederos.

Como dicen por allí, nadie muere de ortografía. Y probablemente no habrás perdido nada por ignorar mis humildes consejos y escribir como desees… a excepción de mi respeto, claro está… y la valiosa oportunidad de quedarte callado y dejar que tu falta de competencia en el área pasara desapercibida.

No es que considere que escribir incorrectamente esté mal, y sé perfectamente bien que los juicios sobre las y los que serían responsables de tal condición, proporcionarían suficiente material como para que sea tema de otro ámbito. Cometer errores (válido para la vida y la ortografía) no es lo malo, y eso es algo en lo que insistiré toda mi vida. Lo negativo, reitero, es no aprovechar las oportunidades que se nos brindan para aprender de ellos y corregirlos.

Culmino estas palabras recordando que el lenguaje es pieza fundamental, si no la base, que permite la estructura de tu pensamiento. No lo olvides la próxima vez que la flojera te gane la partida por poner un acento, te saltes las comas y/o los puntos, o te valga madres si va con “s” o “c”. Así como escribes, así piensas y estructuras tu mundo… y eso, bien o mal, lo demás lo notarán. Como la “H”… muda y todo, pero existe.



Milagros Arteaga
Orgullosa Licenciada en Letras
Magister Scientiarum (sí, en latín y todo) en Estudios Literarios.

martes, 24 de abril de 2012

EL ELEFANTE Y EL CIRCO


Todas las personas, en algún momento de nuestras vidas, hemos deseado fervientemente un tiempo de solaz… Las anheladas vacaciones nos parecen lejanas, distantes, casi inasibles… Son, en definitiva, un derecho más que ganado para aquellos que día a día nos partimos el lomo en un puesto, sea de oficina o no.

Supongo, y lo que estoy a punto de expresar no es más que una mera especulación, que para la monarquía ese derecho debe estar consagrado también. No quiero entrar aquí en diatribas sobre la pertinencia o no de los gobiernos monárquicos en pleno siglo XXI. Pero sí me gustaría detenerme en el hecho que hace algunos días conmocionó a la opinión pública: las polémicas vacaciones a Botswana del Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón.

Con auténtico horror observé, tal como el resto del mundo, las imágenes que recorrieron el ciberespacio de manera virulenta, y con justa razón, en las que un sonriente monarca posaba ante el cadáver de un paquidermo. Con profunda indignación contemplé el desparpajo con que sonreía, portando un rifle de caza entre las manos, en una malograda pose que busca reforzar una imagen de masculinidad que, desde mi punto de vista, se torna patética.

Sin embargo, la indignación dio paso a la más auténtica y pura rabia cuando, lejos de centrar el debate en el hecho de acechar y acabar con la vida de una especie protegida, el colectivo mundial, y particularmente el europeo, pasó a ocuparse del dinero gastado en el referido viaje, a expensas de la población española, que atraviesa en estos momentos por una fuerte crisis económica.  

No quiero menospreciar los avatares y los sinsabores por los que pueda estar pasando la sociedad española, pero insisto en que el objeto del debate debió ser, antes que el dinero, la especie humana y su supervivencia en este planeta, su voracidad y, como en este caso particular, su absoluto desprecio por la existencia de otras especies.

Si bien no faltaron las protestas en contra de este hecho tan indignante, echo de menos los pronunciamientos de las asociaciones protectoras de los derechos de los animales, de los cientos de naturalistas que pasan sus días luchando por una causa juzgada, con tanta frecuencia que casi suena a cliché, como difícil, abandonada, y demás perlas…

Me desagrada profundamente que con una simple disculpa este sujeto pretenda zanjar la situación sin hacerse cargo de las sanciones que merece por transgredir las leyes que son aplicadas a otros con dureza. Que haya leyes para unos con más poder en detrimento de otros no es un asunto nuevo, pero esta inacción sistemática del resto que se limita a callar ante lo sucedido, es sorpresiva y al mismo tiempo alarmante. Las redes sociales, tan dispuestas a hacerse presentes ante otros temas, simplemente callaron. El ciberespacio, más allá de la promoción morbosa del hecho, no se ocupó del tema. En un mundo tan interconectado, un hecho como este, que ha podido ser punta de lanza para muchas cosas, simplemente no se hizo eco.

Triste perspectiva para la especie humana…

Desde la lejanía de la infancia llegan fragmentos a mi memoria de una vieja canción… el elefante del circo mueve sus patas así…

¿Tocará sentarnos a ver cómo algunos seres humanos destruyen los recursos del planeta, a otras especies y su propia existencia? ¿Qué perspectiva de futuro puede haber para una especie que contempla pasiva la destrucción de su entorno?

Es muy grande y muy pesado…

¿Dónde está verdaderamente el circo?

Y no se parece a ti…

miércoles, 12 de octubre de 2011

Las reglas del juego

Hace unos días escribía sobre la necesidad de tomar las riendas de la vida y acallar murmullos de terceros que sólo interfieren, y que en nada contribuyen con el progreso interno, intelectual o emocional de cada persona.

Hoy quiero concentrarme en la necesidad de no conformarse. Pues si bien tomar las riendas significa dar pasos hacia alguna dirección (no necesariamente hacia adelante, aunque eso sería lo ideal), tampoco es menos importante que esos pasos no se den a tontas y a locas... o sólo porque deben darse.

Creo firmemente en que, llegado el momento, deberás actuar, independientemente de si tienes el norte claro o no. Pero el sentido crítico juega aquí un papel fundamental para evitar que te desbarranques y el resultado sea aun peor que las circunstancias que te hicieron actuar en primera instancia.

Aceptar lo que la vida te pone en el camino forma parte del juego... Por fortuna, tenemos también el derecho a no tomar aquello que se nos ofrece, si es que no estamos del todo conformes. ¿Debo decir que sí a una circunstancia, acción, o situación sólo para acallar las voces (las del entorno y las internas, valga decir)? Una cosa es apostarlo todo por lo que deseas y otra, muy distinta, es correr el riesgo con una mano que, sabes, no va a dar resultado.

Sin embargo, humanos al fin que somos, muchas veces nos enfrascamos en las peores jugadas, seguros de recibir cada vez un resultado diferente (¡oh, Einstein cuánta razón hubo siempre en esa despeinada cabeza tuya!). Empecinados, seguimos apostando sin pensar, sin analizar... por instinto.

Hoy sé que no voy a ganar; mañana, quién sabe... Ese pensamiento nos mantiene vivos, en movimiento, o al menos así nos parece. Y justo cuando los dados caen, y una vez más el resultado nos es adverso, sucede lo peor que podemos hacer: conformarnos. Así es el destino, esa es la suerte...

Luego de los más recientes acontecimientos en mi vida, los cuales me han dado la fabulosa oportunidad de la perspectiva; estoy más que convencida de que, efectivamente, tal como lo afirmé hace algunos días, hay que dejarse de macanas y lanzarse al ruedo, pero hacerlo (y aquí va la más reciente reflexión) no está casado con la posibilidad de obtener el resultado que aspiras, en las condiciones en las cuales lo requieres o necesitas, ni tampoco supone modificar el resultado o las consecuencias que tal acto conlleven, sin importar cuánto lo desees...

De ser ese el caso, no desperdicies la maravillosa oportunidad de evolucionar, de crecer, de aprender la lección y pasar a la siguiente página. Si luego de tomar las riendas descubres que ese no era el camino, o no obtuviste el resultado que esperabas, haz algo inteligente -por Dios, hazlo- y asúmelo como una oportunidad de cambiar de rumbo, de adaptarte, más no te conformes... al fin y al cabo nunca sabrás si la próxima vez sea tu día de suerte...

domingo, 9 de octubre de 2011

Murmullos

Para L. F.

A veces hay que dejarse de macanas, como decía Mafalda y lanzarse... Así de simple: sin artificios, sin redes de seguridad, sin zonas de comodidad. A esa conclusión llegué hoy, luego de haber pasado tres días intensos reflexionando y leyendo entre líneas a este mundo que me alberga y me rodea. A tal decisión, desde luego, no se llega sin que ocurra primero una revolución, un sacudón emocional que te obligue a analizar tu situación actual y, consecuentemente, redefinir tus propios límites.

Cuestionarse, en este contexto, resulta la actividad más natural y también la más necesaria. Puedes pasarte el resto de la vida intentando buscarte a ti mismo a través de la religión, de la psicología, del autoconocimiento, o del proceso que creas más conveniente para cambiar aquello de tu vida que ya no deseas o con lo que no estás tan de acuerdo como podrías haberlo estado en otro momento; o puedes, en una simple tarde de viernes, frente a la seductora dulzura de un helado, dar al traste con ese que solías ser...

No creo que un proceso como éste que implica, necesariamente, conocerse (o quizás, más propiamente, redescubrirse) uno mismo, suceda en soledad. Se requerirá de otro que vea, irreductiblemente, lo que nosotros intuimos, que nos voltee el rostro de un tirón, haciéndonos ver lo que está sucediendo (o dejando de suceder) en nuestra existencia para que eche a andar la duda: ¿Es esto lo que quiero?

Configurar la personalidad de una persona depende de muchos elementos y requiere, desde luego, de toda una vida… y sin embargo, se necesitará de un par de horas, un minuto, una palabra para tomar la determinación de desechar todo aquello que ya no te define, y comenzar una nueva página, no mejor, ni peor, sólo nueva: diferente.

En mi historia, esa nueva página pasa por deshacerme de viejas concepciones y asumir la vida de una manera en la que el parecer de los otros deje de moldear mis decisiones. Y que conste que no se trata de dar al garete con la opinión de los demás (que algo de buena o de interesante tendrá, seguramente, espero) pero sí de que importe menos, de restarle peso y darle preponderancia a aquello que ha estado solapado, soterrado, palpitante y que, hasta el sol de hoy no había tenido una oportunidad. Esos murmullos del yo interno (llámese conciencia, o inconsciente, o ser espiritual, o como se le desee denominar) que constantemente te dice que lo que vives o lo que te acontece a diario no es suficiente, que debe haber algo más…

Se trata de bajarle el volumen al decir de la gente para escucharte a ti mismo. Al final de todo, siempre habrá alguien que tendrá algo qué decir de ti que no te hará justicia… Alguien siempre hablará, murmurará, señalará… y ése es, precisamente, en el que menos quiero pensar, al que hay que arrebatarle su poder y darle una lección: lo más sagrado de este mundo está en tu ser, seas quien seas. El más beato o la más pecadora, eso no importa. Siendo quien eres honras aquello que de sagrado, religioso o puro, haya en tu ser. Y, cuando menos yo, hacia ese norte quiero enfilar mis destinos. No puedes ser otro. Debes ser quien eres.

Actúa, siente, vive como quieras. No te arrepientas, aprende y sigue adelante… deja que el mundo señale, que hable… quizás entonces los murmullos acaben...

domingo, 19 de septiembre de 2010

MANUAL PARA EL SOLTERO(A) DE HOY

Lo primero y más sano que debe usted hacer, antes de siquiera seguir leyendo, es olvidar el título que encabeza este artículo. Muy especialmente aquello de “manual” porque ni yo soy experta en la materia, ni es posible creer que tal cosa como la soltería pueda manejarse como opera usted su secadora de cabello o el DVD. En todo caso, vaya tomando nota: Número 1) No crea nunca en fórmulas mágicas, recetarios, manuales del usuario o soltería para dummies. Nada de eso funciona y sólo le quitará un tiempo precioso que, se me ocurre, podría usar provechosamente en al menos 10 actividades diferentes.

Dicho esto, puede seguir de largo y continuar con su vida sin haber leído estas líneas. Total, nada nuevo se habrá perdido y a mí no me molesta. Pero si por el contrario decide que vale la pena leer lo que sigue, pues pase y póngase cómodo. No prometo cambiarle la vida, pero al menos un rato diferente, eso sí puedo darle.

2) La segunda cosa que necesita admitir es que sí, efectivamente es usted un soltero o soltera. Repítaselo hasta que se lo tatúe en la pituitaria: estoy soltero o soltera. Esto quiere decir que usted no tiene pareja, perro que le ladre, peor es nada, ni ninguna otra forma de compañía de esta naturaleza. Si es soltero o soltera por obligación o por selección propia, no es mi problema y le garantizo que al 90% de las personas que lo rodean tampoco le interesa, pero ellos insistirán en que es así sólo por el simple placer de ocuparse de la vida de alguien más en lugar de la suya propia. Déjeme decirle: no hay nada de malo en ser soltero(a); lo que jode es tener que ir por la vida explicándole a los demás los pormenores del caso.

Entonces no explique, si es eso lo que le molesta. Póngase creativo, diga que se ha echado un amante espectacular, que se va a meter a gay, que forma parte de un grupo que realiza orgías todos los sábados y que por eso no tiene pareja fija. No puedo garantizarle que no habrá controversia o espasmos morales por su desparpajo, pero de seguro no volverán a molestarlo con cuestionamientos respecto a su soltería.

3) Usted es perfectamente capaz de seguir soltero(a) por sí solo. Hágase un favor: no acepte ayuda de terceros. Siempre habrá alguna persona que crea que conoce a alguien que sería perfecto para usted. Se lo digo ahora: no es cierto. Con ello sólo descubrirá que aquellos que dicen conocerlo no lo hacen en realidad, por lo que, al final de la velada, no sólo seguirá soltero sino que probablemente termine cuestionando esa amistad de tantos años que creía sólida y eterna.

4) Si ya ha admitido su soltería, lo felicito. Tiene la mitad del problema ganado. El siguiente paso es aceptar que desea dejar de serlo. Seamos honestos, esas excusas del tipo: “es que a mí me encanta ser libre” o su similar “es que no me gusta sentirme atado(a)” no se las cree ni usted mismo. Más bien sea cónsono con sus anhelos. Póngase esa minifalda vertiginosa o esa camisa que lo hace lucir musculoso y láncese al ruedo sin miedos. Podrán tildarlo de promiscuo o de desesperado (según su estilo) pero jamás podrán decir que no lo intentó.

5) Ya tomó la decisión de salir al mundo, ahora prepárese. Como reza el dicho, de todo hay en la viña del Señor. En el largo camino que hay que recorrer en la búsqueda de una pareja usted se topará con toda clase de especímenes. Desde el engavetado que no ha salido del closet y que lo tiene a usted quizás como última salida, hasta la acosadora a la que no hizo otra cosa que darle la hora y que ahora lo asume a usted como una posesión personal. No olvide tampoco, si es usted una fémina, al aburridísimo cliché del hombre casado, que no tendrá reparos en seducirla (si es que invitarla de una y sin rodeos a ese famoso hotel de la panamericana puede llamarse seducción) todo con tal de obtener lo que desea. Tenga paciencia y no se desespere… ¡pero tampoco sea gafo(a)! No se crea aquello de que es único(a).

6) Si lo suyo es el ciberespacio, recuerde: el papel (o en este caso, el código binario) aguanta todo. De la misma manera que usted mintió en su perfil, de esa misma forma le van a caer a muela. No se engañe. La bomba sexy que dice parecerse a Angelina Jolie y el papasito que se describe como el siguiente Brad Pitt sólo son reales en su imaginación, y son producto, además, de esas ganas que carga encima por dejar la soltería.

Finalmente, y si a pesar de todo su intención es seguir adelante, tenga confianza. Si bien es probable que no consiga nada en las primeras de cambio, al menos tendrá mucho tema de conversación para la próxima reunión social… esa a la que de seguro asistirá solo(a), harto(a) como está de toparse con tanto mamarracho junto.

lunes, 31 de mayo de 2010

LA DIFICIL COINCIDENCIA

Que los pequeños y los grandes milagros existen, eso no es nuevo. Que la vida, cual el estribillo de la popular canción, te da sorpresas, es una verdad tangible como una catedral. Pero que muchos, por no decir una buena parte de la población, prefiere la comodidad de no crearse ciertas expectativas ante el minúsculo número de posibilidades que existen de percibir alguno de esos milagros, de eso no me cabe la menor duda. ¡Y sin embargo ocurren!

Una noticia inesperada puede redefinir tus horizontes. Un suceso cualquiera puede estremecerte hasta niveles que creías imposibles en ti. Una palabra, un gesto, todo puede ser susceptible de convertirse en el momento de “tu vida”; empleando en estas seis últimas letras todo el peso de la trascendencia.

No obstante, y hablo a la luz de mi experiencia personal, el más difícil de los milagros que me ha tocado presenciar es el de la coincidencia. Al parecer, la compleja actividad de encontrar (y aquí el verbo es utilizado en toda su extensión) una pareja, un compañero de vida, tu media naranja o tu peor es nada, resulta especialmente esquiva para algunas personas. Y no me refiero tan sólo a la búsqueda y conquista, hablo de la parte de la cotidianidad, de la compatibilidad de caracteres, tan difícilmente lograda en algunos casos que puede dar al traste con la relación. Coincidir no puede ser considerado ya como un designio divino que pueda dejarse en las antojadizas manos del destino. Prueba de ello es el numeroso universo de páginas web dedicadas a propiciar esa coincidencia. Las páginas de solteros, asiéndose a las nuevas tecnologías, se han atribuido la tarea de juntar a las personas.

Con el argumento de la ciencia (si entendemos por ciencia una serie de algoritmos y códigos binarios que emparejan perfiles con marcada tendencia a la coincidencia) prometen encontrar por ti a la persona ideal, la más cercana a tus intereses (previamente vaciados en un formulario) y con la que no deberías –según esta “teoría”- tener inconvenientes para congeniar.

No pongo en duda la eficacia del sistema (sé, por contacto directo, de experiencias exitosas que comenzaron via web), pero quisiera llamar la atención sobre un hecho que resulta cuando menos alarmante. Por un lado, está la inminente necesidad de las personas de conectarse con otras, de establecer vínculos. Basta mirar un conjunto de perfiles al azar para percatarnos de que, en principio, hay una necesidad básica en todos: compañía. “Una persona con quien conversar”, “con quien pueda compartir las cosas de la vida”, “alguien que quiera estar conmigo de verdad”, son tan sólo algunas de las muchas frases, que en ese sentido, podemos leer en cada perfil.

Hombres y mujeres por igual, comparten sus penurias amorosas mientras rumian su soledad soterradamente, bajo el barniz quebradizo de la esperanza (para mí, es la verdadera necesidad de fondo la que habla) quejándose por no poder realizar la que podría parecerle, a otro grupo de personas, la actividad más sencilla del mundo: sociabilizar.

Por otro lado, pareciera existir una marcada tendencia al fracaso en lo que toca al encuentro personal y directo, que impulsa a estas personas a buscar, virtualmente, lo que no pueden conseguir en el mundo real. También conozco de casos en donde nunca ha existido contacto personal entre personas que pueden presumir de años de amistad, algunas, incluso, en términos bastante particulares. Tampoco resultan ajenas las anécdotas de infidelidades virtuales que han acabado con relaciones “verdaderas”, o cuando menos, seamos realistas, con prospecto de futuro.

Al margen de todo lo que pudiera decirse de las relaciones virtuales, considero que debe prestársele mayor atención a este fenómeno que está cambiando la manera de percibir el mundo en un gran número de personas (jóvenes y adultos), al punto de trastocar las propias leyes con las cuales nos hemos desenvuelto por siglos.

Así, es posible confesar prácticamente cualquier cosa bajo el amparo de la virtualidad, en tanto se callan verdades para un mundo real, prejuicioso y castrante, que sigue girando, ignorante de esa otra personalidad, que es libre y capaz de todo en un universo cuya única ley es la de los códigos binarios. Decir que te gusta mucho o poco el sexo, que sólo quieres una relación de una noche, que no te interesan las morenas o los gordos, es perfectamente válido. La consigna es entonces “no molestar”. Abstenerse si no se cumplen los requisitos. Como si este mundo pudiese entender de formularios y perfiles.

Coincidir no es, en lo absoluto, sencillo, pero la respuesta no puede estar en una búsqueda fragmentaria. No podemos saltarnos lo pasos y pasar a desagregar la posible relación por el número de coincidencias o estridencias escritas en un formulario. La delicada tarea de coincidir, aún con el riesgo del fracaso a cuestas, es uno de los más maravillosos milagros a los que podemos asistir. Sería terrible perdérselo por estar sentados ante el computador.

martes, 30 de marzo de 2010

De epifanías, oráculos y Ricky Martin


Quizás fue porque leí las declaraciones de Ricky Martin en relación a su homosexualidad, directamente de la fuente. Probablemente fue el hecho de que en una semana tengo al menos tres nuevos jefes y que haya perdido (término que utilizo a falta de uno mejor, al menos por lo pronto) al que hasta ahora había sido el mejor jefe que he tenido. Es más que lógico que haya podido ser por el excesivo calor que nos agobia en este maravilloso país del Caribe, pero lo cierto es que, sin importar mucho el motivo que le haya dado origen, fui testigo y protagonista de una epifanía.

“Conócete a ti mismo”. Estas palabras, mitológicamente sabias, nos han perseguido desde los mismísimos tiempos griegos cuando fueron colocadas en el frontispicio del templo dedicado a Apolo en Delfos, hasta llegar a la no menos polémica película de los hermanos Wachowski Matrix, en ese memorable momento en que Neo acude a visitar a su moderna versión de un oráculo que es trascendental.

Con oráculos o sin ellos, los seres humanos, incluso en estos tiempos de hoy en los que el progreso y la dudosa evolución del ser parecieran dar cuenta de lo innecesario de su presencia, seguimos buscando respuestas que no encontramos en la educación académica, en la religión o en cualquier otra actividad física o espiritual. Seguimos inmersos en esa búsqueda que puede resultar frenética para algunos, desesperante si se quiere, pero que paradójicamente le confiere a algunos una poderosa razón para seguir en esto que llamamos vida y de la que poco entendemos, ésa es la verdad.

En mi caso, ese conocimiento del que se habla en Delfos vino acompañado de un insomnio repentino, una noche cualquiera, de un día que había sido –hasta ese momento- poco fructífero en aprendizaje pero bastante prolífico en emociones.

A eso de las dos de la mañana, simplemente desperté. Mi perra, que comparte habitación y cama (y sabrá Dios qué más) conmigo, dormía insultantemente a pierna suelta, vuelta totalmente del revés, ajena al importante momento que acababa de experimentar. En medio de mi aletargamiento, sin mayores mediaciones supe, sólo así, el motivo de muchas cosas que estaban sucediendo en mi vida, así como la razón de una serie de cambios repentinos que, hasta entonces, carecían de significado para mí. Entendí la verdad. Esa de la que habla Martin en su comunicado: me acerque a mis verdades. ¡Y esto es de celebrar! Ciertamente, puedo entender a qué se refiere el boricua y concuerdo con él.

El proceso de conocerte a ti mismo puede darse tan pronto como lentamente, puede tomarte toda una vida o unos minutos al momento mismo de nacer. Es lo que hacemos con ese conocimiento lo que realmente cuenta. Que cada quien debe afrontar su verdad y sus circunstancias, eso es harina de otro costal. Pero que deberíamos dejar de juzgar las verdades de otros antes que las propias, eso sí que debería ser una realidad sine qua non. Ricky Martin lo entendió, y así quiso compartirlo con el mundo. Un gesto que agradezco y respeto. Quizás esté allí el secreto de la anhelada felicidad, no sólo para él que se atrevió a tomar las riendas de su vida y de sus circunstancias, sino para todos los que transitamos el camino de la reflexión en búsqueda de la iluminación.

Por lo pronto, yo sostengo lo que he dicho siempre, en una simple frase que, como las palabras de Delfos (aunque menos pretenciosas, eso sí) aborda a todo aquel que llega a este blog, en el momento mismo en que se franquean sus puertas: el cambio es síntoma de evolución. Bravo por Ricky, por los que se atreven a afrontar sus oráculos –vengan de donde vengan- y por los que admiten su verdad como forma ineludible de avanzar en la vida, como una forma, en suma, de libertad.

viernes, 11 de diciembre de 2009

La vida continúa. A propósito de la vida, Sandro y las segundas oportunidades

Nada hay, o al menos yo no he podido constatar lo contrario, más poderoso que las palabras. Su sola evocación puede traer a flor de piel los sentimientos más profundos, las sensaciones más intensas, recuerdos de momentos que creías olvidados. También pueden, si es el caso, potenciar ansiedades o anhelos, si se parecen demasiado a eso que tu alma añora. En mi caso, una confluencia de eventos, arropados por una voz, por una sentencia contundente, provocaron una reflexión.

Tras padecer una larga y degenerativa enfermedad, el popular (y muy apreciado por quien les escribe) cantante argentino Sandro, fue finalmente intervenido para recibir un triple transplante de pulmón y corazón que pudiera devolverle la vida, detenida en un respirador y en el claustro en el que se convirtió su propia morada a consecuencia del vertiginoso avance de su enfermedad.


Así, el intérprete, a sus 64 años, ha descubierto que la vida, la suya, esa que creía en el ocaso, continúa. Tras la aseveración, publicada en una de las muchas páginas web que ha cubierto el suceso en el país austral, no puedo menos que preguntarme: ¿Qué sucede con aquellos que no tenemos la excusa de una enfermedad degenerativa para justificar una vida detenida? ¿Cuál es la excusa para no vivir? ¿Para no asumir lo que sientes, lo que quieres o lo que no?


Ven quiéreme, sin temer, sin pensar...

Ven bésame, porque el tiempo se va…


La invitación, no menos sugerente, viene del mismísimo Sandro. Después, ver a Dios, nada más… Con unas sencillas palabras, ahora convertidas en credo, parece querer decirnos que todo aquello que hagas puede y debe ser ganancia, después de todo, lo único que tenemos es tiempo… y ese también se va.


La vida continúa es una canción llena de matices y verdades que no tiene desperdicio -a eso nos tiene acostumbrados El Gitano- que puede, en el momento preciso, hacerte cuestionar sobre tu vida y lo que has hecho para lograr que cada momento cuente.


pero la realidad es sólo una verdad,

la vida continúa...


La vida continúa… puedes repetirlo una y mil veces, el resultado será siempre el mismo: el tiempo seguirá su curso inexorable, inmutable, implacable. No se detendrá para que te tomes el trabajo de analizar tus acciones, para que decidas si ese es el camino que realmente deseas transitar, la carrera que quieres cursar, si estás junto a la persona ideal, si tienes el empleo de tus sueños, si posees aquello que realmente quieres. La vida va a continuar, contigo o sin ti, quieras participar de ella o no. El tiempo está, aunque no lo parezca, en tus manos, sólo que puede pasar si no te decides a actuar.


Esa es la verdad que Sandro, con su infinita sabiduría, nos regaló en su momento y que, sólo hasta ahora, gracias a esta segunda oportunidad que la vida le ofrece y a esas ganas renovadas, contagiantes, embriagantes que tiene por aprovechar cada minuto, he podido aprehender en toda su extensión y con todo lo que ello implica.


La sabiduría popular, la que pregonaba aquello de que no hay mejor momento que el ahora, finalmente encontró su lugar, y tuvo razón. Una canción sencilla, palabras conocidas, dichas no pocas veces, una verdad que se esparce a gritos, y se necesitó de un triple trasplante para que adquieran sentido… Ah, la vida, curiosa vida.

lunes, 24 de agosto de 2009

El traje de la reina


Haciendo a un lado la diferencia de opiniones -que pueden y deben existir en el terreno de lo político- es un deber para todo venezolano, sin distingo de ninguna índole, el sentirse orgulloso de Stefanía, pues la importancia del triunfo obtenido durante la noche del 23 de agosto en el certamen de belleza más visto de todo el planeta, se extiende más allá del tono del flamante traje de gala que la modelo lució en esa importante ocasión.

El que nuestra representante saliera con un vestido rojo, o blanco, o amarillo, o de cualquier otra tonalidad, debería no ser otra cosa que un detalle trivial, con un valor absoluto tan insignificante como el del tipo de tacón que vistió la hoy soberana aquella noche, o la marca de su ropa interior. No obstante, el que un manojo de necios se empeñen en conferirle a ese hecho una importancia mayor, llama sin duda a la reflexión.

En mi opinión, la corona que Stefanía obtuvo reviste una importancia mayor, si asumimos que el certamen, más que un evento que ocurre una vez al año, es el resultado de un trabajo acumulativo. Lo más importante del logro de nuestra reina de la belleza radica en que, esa noche, representó la cúspide de un largo trayecto, mismo que duró todo un año (si no es que más) en el cual hubo esfuerzo, lucha constante (más que personal de un gran colectivo), -bien en contra de las circunstancias adversas que pudiesen haberse presentado en su recorrido al Miss Universo, bien en contra de sí misma, de sus limitaciones personales y de otra especie-; pero en el que tambien hubo aciertos, aprendizaje y superación.

¿Orgullosa de su triunfo? Sí, de ser venezolana, de llevar la sangre aguerrida, tenaz, constante que llevan todas las mujeres criollas. Duélale a quien le duela, la belleza de la mujer venezolana es y será siempre notoria... Parecen ignorar, aquellos que ahora supuran por la herida, que esa belleza no viene de afuera, no se encuentra en los instrumentos quirúrgicos de los cirujanos plásticos, ni viene adosada a los eternos regímenes alimenticios y/o deportivos, no. Esa belleza viene de adentro, del coraje que forma a toda mujer nacida en esta tierra de gracia, de su forma de ver la vida, de su espíritu colaborador y solidario, del amor que profesa incondicionalmente a los seres que ama, de su sacrificio y de su lucha a flor de piel siempre que le son requeridos, viene de su espíritu indomable y de un corazón amoroso, abierto a todos, a veces incluso a costa de sí misma. Las mujeres venezolanas son hermosas, sean de un bando político o de otro; esas caracterísitcas que las han hecho tan distintivas, son finalmente, el único tratamiento de belleza que requieren, la marca registrada de este pais tropical.

Más que una corona, en lo personal, considero que Stefanía nos trae la mayor reivindicación posible: el triunfo de la constancia, por encima de todo y de todos. Y ese triunfo, sin lugar a dudas, no se viste de ningún color.