Un espacio para dejar volar las ideas, sólo por el simple placer de atraparlas después, si es que vale la pena. No se admiten mediocridades, prejuicios ni lastres que medren el vagar de cualquier espíritu que se considere libre. Aquí no miramos hacia atrás más de la cuenta, pues el cambio es síntoma de evolución; más tarde, el espíritu rebelde le pondrá la "R" faltante, haciendo de la vida ese ejercicio constante de renovación de ti mismo.
jueves, 22 de septiembre de 2011
Eternamente Alicia
miércoles, 27 de mayo de 2009
SHALL WE DANCE?
Lo más justo, antes de iniciar a leer estas líneas, sería que el lector supiera que –sin proponérmelo- este artículo va a tocar tópicos sobre los que ya he escrito anteriormente. La difícil dinámica de la pareja, así como otros tantos temas relacionados a ella, es de lo que se trata este artículo, enmascarado tras el velo de una comedia romántica llevada al cine en el año 2004, bajo la batuta del director Peter Chelsom.
Se trata de Shall we dance?, aparentemente basada en un film titulado "Dansu wo shimasho ka" (1997) de Masayuki Suo; del que no tenía conocimiento alguno hasta el momento de escribir estas líneas (y que según reportan algunos críticos norteamericanos, supera en calidad a este nuevo remake). No obstante, más allá de las claras u oscuras intenciones que hayan podido dar origen a esta pieza del séptimo arte, lo que me inspiró a escribir sobre ella fue; por una parte, el grupo de bien preparados actores que participan en ella, entre los que destacan Susan Sarandon y Stanley Tucci (quienes consiguen incluso arrebatar el protagonismo a Richard Gere y Jennifer López), y por la otra, la atmósfera propiciada por uno que otro diálogo interesante, los cuales logran hacer olvidar al espectador que sintonizó la película con la creencia errónea de que asistiría a otro desastre cinematográfico, mediocremente enmarcado en el ámbito de los bailes de salón del tipo Dirty Dancing 2: Havana Nights.
Ciertamente, Shall we dance? rescata mucho de ese espíritu inocente que envuelve a Dirty Dancing (la película original, quiero decir), si tomamos en consideración la trama sencilla y elemental que la sustenta: John Clark (Richard Gere) un hombre de edad madura, en la plenitud de su vida (una vida que podría catalogarse de feliz: matrimonio estable, condiciones laborales excelentes, etc., etc., etc.) toma la decisión de bajarse del tren que suele tomar cada noche mientras viaja del trabajo a casa, para averiguar las razones por las cuales Paulina (Jennifer López) ve pasar la vida a través de la ventana del salón de baile en el cual trabaja, con una melancolía pasmosa. Como cabe esperar, Clark no está hecho para el baile (como tampoco lo están las personas que lo acompañan en el nivel de principiante y que da pie para que
Entre tanto, su esposa Beverly (Susan Sarandon), cumpliendo el rol arquetípico de esposa, comienza a sospechar de su marido, atribuyendo sus retrasos y su ausencia mental a una infidelidad, pues John nunca llega a revelarle su recién descubierto gusto por la danza, en el supuesto de que –de hacerlo- ésta creyese que no es feliz en su relación y en la vida que han llevado juntos.
Hechos más, hechos menos, la película va siguiendo su propio curso, lo que no reviste mayor sorpresa de no ser porque, justo en el minuto cincuenta -cuando estás a punto de rendirte al ensimismamiento mental-, Beverly realiza la pregunta por la que el film vale repentinamente cobra sentido:
-¿Por qué cree que la gente se casa? -(al detective Devine interpretado por Richard Jenkins).
-Por pasión –contesta el hombre, sin meditar demasiado en el asunto.
–No –le ataja ella.
–Es interesante porque yo la tomé por una romántica, ¿entonces por qué?
–Porque necesitamos un testigo para nuestras vidas. Hay un billón de personas en el planeta. Qué significa una vida. Al casarse, se promete cuidar de todo. Las cosas buenas, las malas. Todo el tiempo, todo el día. Uno dice que su vida no se nota, pero yo la noto. Su vida no quedará sin testigo, porque yo lo seré.
De una manera ingeniosa, Audrey Wells, autora del guión, extrapola todo el asunto de la pareja -desmitificándolo un poco, si se quiere-, restando peso al contenido filosófico y llevándolo a su denominación más simple. Tu pareja es un testigo. Formar parte de una pareja garantizaría entonces tu impronta en el mundo, sería la prueba de que tu vida no ha pasado en vano y que todo lo que en ella ha acontecido, ha significado algo para alguien además de ti mismo. El fin último de tu pareja sería atestiguar que tu vida no ha pasado en vano. De ahí que la búsqueda de ese testigo material de vida sea, para la mayoría de nosotros, una necesidad a ser cubierta de forma imperiosa, antes de que el tiempo acabe y la música termine. Resulta paradójico que, con base en esa definición, la dinámica de los Clark los haya llevado a querer un cambio, lo que no implicaba, necesariamente, una falla en la estructura de su matrimonio.
Así, es evidente que se necesita más que un testigo de vida para formar una pareja. Son muchos los factores que intervienen y tan variados como personas hay en el mundo. No hay una fórmula. Puedes tenerlo todo como John Clark (incluso con quién compartirlo) y todavía sentir que necesitas algo más. Así de inconforme es el ser humano. Desde luego, todas estas premisas se fundamentan en el supuesto de que el personaje de Gere tenía un genuino interés en averiguar el por qué de la tristeza de Paulina, antes que propiciar un encuentro con tintes adúlteros, en cuyo caso, tanto los diálogos como la cinta en sí, carecerían de sentido.
De cualquier forma, la película es entretenida, todo un deleite para las féminas seguidoras de Gere, para los que gustan de ver a
Imperdibles: Stanley Tucci (Link Peterson), una actuación digna de un actor de carácter de su categoría. La banda sonora, de la cual destacan Sway (versionada por las Pussycats Dolls); Perfidia, Moon River (Henry Manzini), I Could Have Danced All Night (de My Fair Lady), Shall We Dance (de El rey y yo) y el espectacular tango de la escena focal entre Gere y López llamado Santa María, a cargo de la agrupación Gotan Proyect.
martes, 5 de mayo de 2009
Must love dogs (o Se busca pareja)
La primera vez que vi “Must love dogs” (2005) pensé, erróneamente, que se trataba de una película que involucraba animales y personas que los aman; quizás –llegué a imaginar- trate de la tormentosa pero picaresca vida de uno o varios canes, o la infaltable comedia de travesía en la que algún animal casero (llámese perro, gato, cerdo, etc.) intenta encontrar el caminode vuelta a casa. Al menos hay perros, razoné, cuando resultó que sí había animales, pero –como descubriría en el transcurso del largometraje- no constituían el tema central de la cinta.
Sin proponérmelo, me encontraba expectante ante una comedia romántica más, en este c
aso una bien llevada, eso sí; que buscaba con diálogos medianamente inteligentes, no caer en el cliché gringo bobalicón en el que caen muchas películas de este género. Para mi sorpresa, un John Cusack muy natural (eso no es lo sorprendente) logró construir el personaje de Jake Anderson –aparentemente plano- con una ligera riqueza de matices, breves e intensos, cuyas salidas hilarantes se dejaban colar entre cada diálogo. A su lado, nada más y nada menos que la multifacética Diane Lane -a quien nunca antes, debo confesar, había visto en papeles de comedia- le da vida a Sarah Nolan; una cuarentona (?) divorciada hace algún tiempo, a quien la soltería y la amargura por la ruptura –a juicio de sus hermanas y amigos- ya le había durado demasiado.
Más allá de la temática (que, admitámoslo, no ofrece nada nuevo), llama la atención cada uno de los particulares enfoques desde los cuales es abordado el complejo asunto de la búsqueda de pareja. Cada personaje, desde su trinchera, aporta su perla de conocimiento en torno al caso, exponiendo todo un rosario de situaciones jocosas que consiguen llenar, risas más, risas menos, el espacio de dos horas que abarca el film. Nada más aparece el primer cuadro, Rebecca (Bess Wohl) abre el debate asegurando que el mejor lugar para conocer hombres es el mercado, “Y no se pierde mucho tiempo. Un hombre con una lista es casado. Si está comprando comida congelada con una canastita, es soltero”.
Lejos está el asunto de ser tan sencillo. Así lo constata Sarah cuando, luego de una cita tras otra (producto de un anuncio publicado por sus hermanas en una página web para solteros) se ve obligada a reducir su recién y escasamente abierto compás de búsqueda hasta casi anularlo por completo. Al parecer, las citas a los cuarenta (y me atrevería a asegurar que a cualquier edad) no son un asunto fácil, pues en él intervienen muchos factores que, en buena parte de los casos, pueden evitar que se produzca el anhelado click entre dos personas. ¡Y sin embargo sucede! Basta encontrar ese algo indispensable para que la conexión ocurra y la magia comience.
“Must love dogs” nos enseña que, a pesar de los desaguisados, encontrar la pareja ideal es posible (cliché, sí, ya lo sé); que no debemos rendirnos ante cada derrota en el campo de batalla amoroso (otro cliché); y que es posible encontrar el amor, aún después de haber amado y perdido, no importa si tienes cuarenta, veinte, sesenta. No obstante, lo más interesante que se puede extraer de esta película son los distintos tipos de relaciones que se exponen en ella, cada uno valedero, cada uno de ellos más real que el anterior, todos posibles.
Quizás al final del día, puedas extraer una lección de esta película. Pudiera ser: la soltería es en ocasiones la opción más sana ante el frenesí desaforado que representa el proceso de búsqueda de una pareja. Es posible que la enseñanza sea: el amor es uno solo, el resto es hobby. Probablemente: no existe tal cosa como el único y verdadero amor, hay diversas formas de amor y de amar, dedícate a encontrar el que más te ajuste. Sin duda alguna, podrás asegurar que amor como el de tu mascota, como ese no vas a encontrar.
Finalmente, sin importar la forma en que lo abordes, “Must love dogs” te mostrará que el proceso de encontrar una pareja (antes que el resultado en sí) puede ser tan engorroso como divertido, si después de todo lo que has pasado puedes detenerte a oler las rosas. Quizás entonces alguien te tome de la mano y transite junto a ti ese sendero, haciendo que mires la vida con otro cristal.




